miércoles, 30 de junio de 2010

cosas que pasan en una fábrica technicolor

Yo te decía que vos eras para mí y vos no me creías. Te empezabas a reír a carcajadas. Ahí se armaba el dilema. Dilema entre comillas, claro. Algo más divertido que un dilema. Un dilema de juguete, ponele.

Entonces, todos los que ahí trabajaban iniciaban un paro. Desenchufaban las máquinas, apagaban los tubos de luces, guardaban los vidrios de colores. Hacían como una rebelión, tipo Rebelión en la granja, pero sin los animales, ni la analogía con Lenin, ni esas cosas. En realidad ahora que pienso no. No era como Rebelión en la Granja.

-¡Que le crea, que le crea!, gritaban todos. Ellos estaban medio de mi lado, (yo siempre les caí bien).

Yo te mostraba toda la escena desde el balcón (ése que abríamos sólo para las fiestas) y te decía medio tentada, que la cosa era seria, y que si no te retractabas, ésta gente se iba a poner cada vez más firme en su postura. Y que “quién sabe cuán lejos puede llegar con su huelga ésta gente”, te decía.

En realidad, yo hacía que la cosa suene más turbia a propósito, para que reaccionaras más rápido, y me dijeras que mi frase inicial no era tan ridícula como descaradamente sugeriste en un principio. Entonces, te decía que calcules cuánto podía perder la fábrica si cerraba aún por más horas; y hacía una gran bola confusa con multiplicaciones mal hechas, que daban como resultado cifras gigantes, intraducibles en dinero. Me acuerdo que en ésa parte moví mucho las manos. Fue divertido inventar esa catástrofe.

Mientras tanto, ellos seguían con su coro cada vez más fuerte. Desde arriba, vi como enseguida se organizaron y lo hicieron más lindo: le cambiaban el ritmo, hacían palmas, y un paso loco difícil de copiar, en medio de una pista que improvisaron para el dancin-paro oficial en la fábrica.

Ahí me quedé sentada un ratito, mirándolos. Parecían profesionales de eso que hacían. Vi también que los mirabas como desde una nube; hasta que algo te hizo reír y te despabiló un poquito. Yo me reí también.

Enseguida supe que era mejor descansar y dejar que pase.
Que pase el momento así, sin tiempo.
Total es otra cosa, pensé.
Digo, ésto que corre acá, en la fábrica technicolor yo sabía, no es el tiempo.
Es otra cosa.




del disco Run…the sun is burning all your hopes - Technicolor fabrics
Este best seller habla sin tabúes del ser humano y su carácter obsesivo por naturaleza. Refleja claramente que cuando Ud piensa en algo que no le gusta y no quiere que suceda, no lo quiere decir del todo porque siente que al decirlo está ayudando a que ese hecho se concrete. Lo hace corpóreo, digamos. Cuando los pensamientos llegan a la instancia de palabras, pasan a adquirir una suerte de identidad propia que antes no tenían. Ahora pesan. Son.

Aquello entonces, que en un principio tan solo fuera una fulera hipótesis mental flotando en su cabecita, al traerlo al mundo de las palabras, pasa a mutar en una posibilidad mucho más amenazante que cuando aún no había sido dicha. Lo entendemos: para Ud es alarmante. Ahora esta “idea yeta” es un ente que existe fuera de Ud, por más que no quiera. Y hasta puede pasar. Algunos profesionales lo comparan con un hijo bobo o no deseado.

“El pensamiento-amenaza ahora es libre y seguramente saldrá sin escrúpulos a hacer de las suyas y/o seguro me caga la vida”, se persigue por las noches metiéndose fichas a Ud mismo. Llegada esta instancia, es inútil que trate de manipular el desenlace con más pensamientos ficticios. Repetimos: no se puede volver atrás si esta idea ya nació en palabras.

Hoy, querido lector, -y rescatando siempre el aquí, ahora, right here, right now, que tanto profesamos los fat boy slim de la autoayuda-, con éste libro le ofrecemos una invitación única para liberarse de una vez por todas de estos pensamientos mágicos ridículos que no lo dejan vivir en paz.

¡Dígale chau al infame estrés emocional!



* Nota. Si Ud ya LO DIJO, no sea infantil, NO SE ALARME y siga los pasos:
1- Lea el libro con gran atención.
2- Mantenga los dedos cruzados
“Hay que ir” me dijeron cual obligación moral y accedí. “Que toque Wish you were here y me voy”, exageraba camino a River por ser el único hit que me sabía más o menos. Temón en vivo que te obliga a añorar a alguien y sufrir tengas o no motivos. Hasta que un grupo de nenes invadió el escenario. La base (medio funky?) de Another brick in the wall empezó a sonar y cambió todo. De pronto, nos encontramos todos bailando en un recital en el que –hasta el momento- teníamos pensado estar hasta el final parados boquiabiertos, soltando de vez en cuando alguna onomatopeya como “guau”, y “uooh”, y ya. Además, no hay manera de cantar ese tema (The wall) sin sentir que mañana vas a renunciar al trabajo desfachatadamente, dedicarte a usar las mismas All Star toda tu vida y simplemente esperar que algo pase. Gran momento. Hasta que un chancho gigante inflable apareció a la derecha del escenario y nos mostró en su pink culito su mensaje: “miedo levanta paredes”. Cachetazo a cincuenta mil personas.